La taberna
Después
de caminar 5 días sin descanso, encontrar un pueblo perdido en la nada fue como
encontrar el tesoro de un pirata enterrado en medio de una isla desierta apenas
visible en el extenso mar. Por un momento, solo un brevísimo momento, una pizca
de esperanza asomo en sus pechos pero desapareció tan rápido como apareció y
fue sustituido por el dolor punzante de unos pies hinchados. Al pasar 5 días
sumidos en la obscuridad insustancial del bosque y únicamente rodeados de árboles
viejos y altos ver un puñado de casas esparcidas por aquí y por allá era como
ver una enorme ciudad.
Al
ver a personas pasear por los no definidos caminos de aquel pueblo Alec y
Miriam se adelantaron con la esperanza de encontrar una posada, calentarse los
pies y las manos congeladas y descansar como bebé hasta el día siguiente.
La nieve ya cubría todo el suelo como una sábana blanca e impedía que la marcha de los dos viajeros fuera fácil, de hecho, era aun más difícil que caminar en un suelo lodoso ya que cada paso que daban se hundía en la nieve y se cubría hasta la mitad de la pantorrilla.
La nieve ya cubría todo el suelo como una sábana blanca e impedía que la marcha de los dos viajeros fuera fácil, de hecho, era aun más difícil que caminar en un suelo lodoso ya que cada paso que daban se hundía en la nieve y se cubría hasta la mitad de la pantorrilla.
Caminaron alrededor del pueblo, leyendo letreros y preguntado a las personas que los miraban recelosas por algún lugar en el que pudieran quedarse, todos negaban con la cabeza o simplemente los ignoraban, Alec, por su experiencia, sabía que no debía insistir en hacer conversaciones o preguntas. Las miradas hostiles como las que les lanzaban aquellos aldeanos significaba que los invitados no eran muy bien recibidos y por lo lejos y escondido que se encontraba aquel pueblo no recibían muchas visitas o tal vez nunca hubieran recibido alguna.
Al final del día, cuando el cielo ya pintaba de naranja, rojo y rosa, y el sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles del bosque, ambos ya habían perdido toda esperanza de encontrar un lugar caliente para dormir esa noche. No fue hasta que en el rincón más alejado del pueblo, escondido entre los troncos de los arboles, vieron una luz danzarina que se filtraba por una ancha ventana. Aun desde donde se encontraban se escuchó la música alegre salido de un laúd y el ruido de jarros chocando, voces y cantos que atravesaban las paredes. Todo aquello los llevo a una sola conclusión: eso de ahí era una taberna.
Quizá
no os parezca lo más sensato quedarse a dormir en una taberna llena de personas desconocidas y fuera de juicio debido al alcohol en un pueblo alejado de los caminos y oculto
en medio de un bosque que no por nada se llamaba "El bosque de las sombras" lleno de seres míticos y cosas inexplicables, pero si
alguna vez han estado caminando con apenas un descanso para dormir, en invierno
y con ventiscas heladas capaces de arrancar un árbol mal parado entenderán porque
su urgencia de encontrar una cama caliente para dormir.
Su
sorpresa fue grande cuando al acercarse descubrieron que no era como cualquiera
que hubieran conocido en otros pueblos y ciudades. Por fuera estaba construida
de una madera resistente un poco húmeda y mohosa por las constantes lloviznas
de invierno. Los grandes ventanales no dejaban ver hacia adentro pues el vidrio
que les cubría era de un blanco borroso, no transparente ni negro, ni de
colores. Era blanco. Simplemente blanco. No lo suficientemente opaco como para
no dejar filtrar por ellos la luz de dentro y las sombras de los que pasaban andando, pero si lo bastante para no
poder ver a través de ellos. Para llegar a la puerta tenías que caminar por
unas anchas escaleras sin barandales con miedo de resbalarse por el hielo formado por la lluvia y las bajas temperaturas.
En total Alec contó cuatro ventanas en el frente de la taberna, dos grandes ventanales en la planta baja y otras dos, un poco mas chicas, en la planta de arriba. La del lado derecho del primer piso estaba rota en una esquina y simplemente la habían tapado con un pedazo de tela. El piso superior también estaba ocupado, pues sombras marcadas en los vidrios iban y venían.
Más
que parecer taberna aquel local parecía más una casa, y quizás en el pasado eso era. Si no fuera por la música y las risas provenientes
de adentro y, más que nada, por el enorme letrero que colgaba encima de la puerta en el que se leía
“Taberna, El gato negro” hubiera pasado inadvertida. Era irónico que se llamara “Gato negro” y
estuviera escrito con letras blancas. De lejos, la puerta de aquella taberna parecía estar hecha de
algún tipo de metal negro, pero al acercarse y abrirla descubrieron con
sorpresa que era de madera, una madera negra y pesada.
Al
entrar lo primero que percibieron fue el hedor, olía a
cerveza, sudor, comida, humo y jabón. Avanzaron un poco torpes entre las mesas y
sillas de madera gruesa y gastada que se encontraban esparcidas en todo el
espacio sin un patrón específico pues la única luz que tenían era la que
provenía de una chimenea ubicada al fondo del lugar.
Cuando los dos entraron todo se quedó sumido en un completo silencio. Los clientes los miraban al pasar y los recorrían de arriba a bajo con la vista, Miriam teorizó que en un pueblo tan pequeño como aquel todos se conocían y encontrar desconocidos como ellos era como traer un letrero encima de la cabeza que dictará “mírenme”.
Cuando los dos entraron todo se quedó sumido en un completo silencio. Los clientes los miraban al pasar y los recorrían de arriba a bajo con la vista, Miriam teorizó que en un pueblo tan pequeño como aquel todos se conocían y encontrar desconocidos como ellos era como traer un letrero encima de la cabeza que dictará “mírenme”.
Los
mosaicos blancos y negros que adornaban el suelo estaban mugrientos y manchados
con algo que Alec creyó era cerveza. Se acercaron a la lisa barra que estaba al
final de la taberna cerca de la chimenea con cautela y sin prisas disfrutando
del calor que el fuego les proporcionaba. Alec miro al hombre que se encontraba
al otro lado de la barra café limpiando las botellas de alcohol y se sorprendió
por la gran variedad, había de diferentes tamaños y colores ordenadas de las
más grandes a las chicas, tomaba una le pasaba un paño y la volvía a colocar en
perfecto orden. El hombre era alto, corpulento, con cabello entre cano y con
mirada autoritaria, dedujo que aquel era el dueño de la taberna por la
expresión opresora con que se alzaba de los demás.
Alec dio un pequeño empujoncito con el hombro a su compañera lo suficientemente
fuerte para moverla un poco. Miriam volvió la mirada y con un gesto pregunto un
<< ¿Qué?>> silencioso. Alec señalo al hombre con la barbilla
y entorno los ojos. Miriam se acercó lo suficiente para susurrarle a su amigo
sin que los demás escucharan su conversación
-No,
yo no voy a hacer el trato esta noche- reprocho Miriam con mirada furiosa.
Siempre era ella la encargada de hacer los tratos y siempre era la que recibía
o los reclamos o los acosos.
-Pero
tú eres la que sabe cómo manejarlos. ¿Recuerdas la última vez que yo hice el
trato? Apenas nos permitieron estar en el establo y por nadama y nada menos que 3 platas, ¡tú y yo
sabemos que eso es un total robo!-
Miriam
medito un momento y al final dejo caer los hombros y dio un resignado suspiro.
-Está
bien, pero esta será la última vez, a la siguiente no me importa si pagas 1
Real-
Se
acercó al hombre y le lanzo una de sus más picaras sonrisas. Miriam era una
mujer hermosa, eso a nadie le quedaba ninguna duda. Su ropa, aunque fuera
vieja, le ceñía el cuerpo de una forma vulgar marcando cada una de las curvas que la enorgullecían, su cabello largo, negro y ondulado le caía por un solo lado dejando a la vista un seductor cuello. La nariz puntiaguda de su cara resaltaba sus mejillas, pero lo mas hermoso de todo eran sus ojos, unos enormes ojos cafés decorados con larguísimas pestañas que te podían hechizar con solo una mirada.
Miriam movía las manos y fingía una amplia y encantadora sonrisa al dueño, asintiendo y moviendo la boca. Lo miraba y le coqueteaba. Se acomodaba el cabello detrás de la oreja y le lanzaba miradas insinuadoras. Al final, el hombre le tomo la mano, le dio un pequeño beso en el dorso y le mostró los dientes amarillos que formaban (o intentaban formar) una sonrisa . Mirilla amplio la suya. Alec la conocía lo suficiente como para interpretar ese pequeño y casi imperceptible fruncido de cejas como un signo de asco.
Miriam movía las manos y fingía una amplia y encantadora sonrisa al dueño, asintiendo y moviendo la boca. Lo miraba y le coqueteaba. Se acomodaba el cabello detrás de la oreja y le lanzaba miradas insinuadoras. Al final, el hombre le tomo la mano, le dio un pequeño beso en el dorso y le mostró los dientes amarillos que formaban (o intentaban formar) una sonrisa . Mirilla amplio la suya. Alec la conocía lo suficiente como para interpretar ese pequeño y casi imperceptible fruncido de cejas como un signo de asco.
Cuando
el hombre se dio la vuelta y desapareció por la puerta trasera que conducía a
la cocina Miriam puso los ojos en blanco y se dirigió hacia su amigo.
-Vamos a sentarnos,
nos traerán la comida pronto-
Le
tomo la mano y lo sentó en la mesa más cercana a la chimenea, estiraron los pies y
dejaron que el fuego les calentara las entumecidas manos.
-He
conseguido dos habitaciones- hizo una pequeña pausa –También he investigado un
poco, el pueblo en el que nos encontramos se llama O´veron, dice que Renar solo está a quinientos kilómetros al oeste, cruzando el bosque completo tardaríamos al menos cuatro días mas en llegar -
Después de una larga conmoción por parte de los clientes de la taberna las platicas retomaron su curso, la música volvió a sonar y los jarros comenzaron a chocar otra vez.
Alec miro alrededor y descubrió que había más gente reunida ahí que la que había
visto caminar en todo el pueblo por el día. Tres hombres vestidos con un
impecable traje de negro y blanco corrían de aquí para allá llevando bandejas y
botellas. Al final, uno se acercó y coloco un cuenco de sopa en frente de cada
uno, dejo una jarra de cerveza al lado de Alex y una copa de vino al lado de
Miriam. El hombrecito de blanco y negro le dedico una mirada y una sonrisa
socarrona a Miriam. Solo a Miriam.
Estuvieron
un rato callados, disfrutando del sonido humano después tantas noches
tormentosas en un bosque encantado.
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